Cambiar: Norman Vilalta I

Por Leandro Moscardó.
Fotos por Lúa Ocaña.

Sábado 28 de Octubre

LM: -Hiciste tu camino en base al zapato a medida. ¿Por qué decidiste ahora concentrarte en el ready-to-wear?

NV: -En cuanto a manufactura y a oficio, hacer zapatos a medida es lo más alto en la zapatería. Y mi manera de hacer la medida es diseñar para cada cliente. Eso lo descubrí aquí en Barcelona y tiene que ver con lo que para mí significa la medida. Y luego, cuando empecé con el ready-to-wear, busqué el mismo approach con el cual hago zapatos a medida. Todo el mundo me decía: "Oh, vas a hacer ready-to-wear". Pero como en cualquier actividad, el tema no es lo que haces, sino cómo y por qué lo haces. Entonces, si tú haces el ready-to-wear como lo hace cualquiera, yo te digo: "Mira, el mercado está lleno de eso. No hace falta otra marca de zapatos, ya hay demasiadas”. Ahora, si lo haces con una intención, con un sentido, si lo haces distinto, entonces es interesante.

Se dice que el zapato a medida es lo máximo. Pero el ready-to-wear, precisamente por no ser un zapato hecho para una persona, para mí es más importante, porque me permite cambiar aquellas cosas que no me gustan, y hacerlo para un espectro de gente mucho más grande, porque obviamente produces más pares de zapatos, entonces comunicas esa idea cada vez que te compran un par. En ese sentido, es el lugar donde más puede crecer la idea que hay detrás de un zapato.
Siempre he tenido la necesidad de cambiar las cosas. Cuando tenía dieciocho años, y estaba eligiendo qué carrera estudiar en la universidad, pensaba ingresar en Medicina. Pero vi una injusticia en un campeonato de fútbol infantil, en un partido donde jugaba mi colegio -que era uno privado de Puerto Madryn- contra un internado de un paraje de la Cordillera. Los de mi colegio eran así de altos y los del otro eran así [señala que eran muy pequeños]. Entonces fui al entrenador y le dije: "Te han jodido. Te pusieron en otra categoría, te están dando una paliza". Y él me dijo: "No, tienen la misma edad. Lo que pasa es que los de tu colegio comen cuatro veces al día, y los míos comen una sola". Ahí decidí entrar a estudiar Derecho. Quería hacerme político y cambiar el mundo. Por esos años me afilié al partido peronista. Siempre ha estado en mí la necesidad de cambiar.

LM: -¿Pero qué significa cambiar en una tradición que lleva tantos años?

NV: -Cuando llegué a la zapatería, lo primero fue aprender de la manera más intensa. Pero luego, naturalmente necesité cambiar. Por eso el ready-to-wear es tan importante para mí, porque es una herramienta más potente para poder cambiar la cosas. Mi abordaje es acerca de la evolución de la artesanía, no sobre su historia. Nosotros seguimos una tradición que tiene más de mil años. Mi gremio, la Cofradía de San Marcos, de maestros zapateros de Barcelona, es de 1202. Es el gremio de zapateros más antiguo del mundo. Pero esa tradición es sobre cómo aprendes, qué es lo que haces, y cómo se hacen los zapatos. Hay una técnica que se desarrolló en el sur de España hace mil años, y que nosotros seguimos de la misma manera que entonces. Ese conocimiento impregna tu trabajo diario como artesano. Frente a ello tienes dos opciones: o lo replicas, o lo cambias. Los verdaderos artesanos, en mi forma de entender, no son los que sólo trabajan con la manos. Lo que hace un verdadero artesano es el intento por evolucionar su métier. Si no, seguiríamos en sandalias. Pero no seguimos en sandalias porque en algún momento un árabe se dio cuenta de que cosiendo dos veces el zapato era mejor. Y luego ha habido muchos artesanos que han cambiado las cosas. Este taller va de eso, de evolucionar. Yo quiero trabajar con la tecnología top, porque sé cómo debería ser un Oxford, que es un zapato súper clásico, y para poder llevarlo a donde puede llegar, necesito las mejores herramientas, que son las que me da la tecnología. Yo soy manualista, y como todos mis compañeros, trabajo con las manos. Pero el hecho de ser artesano no tiene sentido si no es evolucionando la artesanía. Siempre ha sido igual. En los últimos ochocientos años las herramientas han sido exactamente las mismas, pero hoy tenemos más. Entonces, o lo cambias, o eres un museo. En mi taller somos muy pequeños, pero nuestra ambición es cambiar las cosas, y el ready-to-wear es eso, por eso le puse tanta energía.

LM: -El ready-to-wear te da, en relación al zapato a medida, la libertad de poder crear solamente vos.

NV: -El ready-to-wear me permite trabajar con mis ideas, no con las ideas de mis clientes. En un zapato a medida -en cualquier taller de Londres, Paris, Italia, Japón, o donde sea- los clientes vienen, les tomas las medidas, eligen un zapato que tú tengas, lo personalizan un poco, y luego el zapatero hará una horma con las medidas, pero para ese modelo.
Cuando llegué a Barcelona, aquí no había una cultura del zapato -y eso que España tiene una una larga historia de zapatería. Yo vine con una propuesta de zapato francés, bastante estilizado, pero aquí todo el mundo usaba Sebago, que son unos zapatos muy feos [los típicos zapatos náuticos. Entonces, nadie entendía mi propuesta estética como zapatero, y eso fue lo mejor que me pudo haber pasado. Porque si me hubiera quedado en Florencia, o si me hubiera ido a París o a Londres tal vez seguiría haciendo aquel estilo de zapato, que lo hubieran entendido más. Pero gracias a que aquí mi propuesta se encontró con una pared de frente, mi mente se abrió. Y cambió completamente mi concepción sobre lo que era el bespoke.

LM: -Te encontraste con una pared después de haberte preparado tanto.

NV: - Claro, en Florencia fue aprender dieciséis horas por día. No pensaba en nada más que en aprender. Sabía que iba a abrir mi taller, porque era mi proyecto desde el inicio, y tenía un tiempo muy limitado para hacerlo. Me habían dicho que mi formación como zapatero llevaría entre cinco y diez años. Pero en dos años mi mano ya estaba lista. Sin embargo, entender qué es lo que estaba haciendo y quién era yo cómo zapatero, todo eso me llevó varios años más.
Uno piensa que el zapato clásico es lo más rancio, intocable e inamovible de la historia de la zapatería. El Oxford es tan bonito -y ha sido bellísimo durante trescientos años, que es lo que tiene este modelo- porque tiene proporciones áureas, tiene Fibonacci, es natural. Era bonito hace trescientos años y seguirá igualmente siendo bonito dentro de trescientos años, aunque usemos otros zapatos. Pero la única manera de cambiar eso, sin romper la belleza natural que tiene el zapato, en mi caso fue hacerlos asimétricos. Como yo no vengo de la zapatería, no considero que haya nada sagrado en la zapatería. Yo quiero revolucionar esto. Revolucionarlo, pero haciendo Oxford.

Nosotros, los zapateros, siempre buscamos alguna perfección. Normalmente se busca la perfección de la técnica. Aquí buscamos otro tipo de perfecciones. Estos zapatos [foto de la izquierda] ahora son perfectos, cuando los entrego están inacabados. Es una idea de belleza japonesa que me interesaba antes de ser zapatero, que ellos llaman Wabi Sabi, que es "la belleza de lo imperfecto". Este zapato, en este momento, ha alcanzado el tope de lo que yo buscaba. Es un concepto opuesto a la técnica. Aquí no hay mano que se muestre, tampoco hay suntuosidad en los materiales, pero te gusta o no te gusta, y si te gusta es porque tiene belleza. Por eso es perfecto.

LM: -Te metiste en la carrera de Derecho porque querías cambiar el mundo. Eso me lleva a pensar que creés que el trabajo cumple un fin en el mundo. ¿Cuál es, para vos, la función de la belleza? ¿Y la de tu trabajo?

NV: -Yo quiero cambiar el mundo desde que tengo nueve años. Ahora, el mundo puede ser esta habitación, esta calle o esta ciudad. Yo no aspiro a cambiar el mundo ese del globo, lo que sí aspiro es a cambiar la zapatería. Cuando tenía dieciocho quería ser político, quería cambiar aquel mundo, mi región, mi ciudad. Antes, a los nueve, quería cambiar el mundo de una pradera. "Cambiar el mundo" suena muy rimbombante, pero para mí hoy se trata de hacer un patrón asimétrico, de abrir vías. Así es como yo siento a mi trabajo. Pero no es que yo vine a la zapatería para cambiarla. Lo primero que yo hice fue cambiarme a mí. Me di la oportunidad de ser lo que yo traigo.
Un tío muy interesante que ya no está más, Daniel Reyes, que era el director de mi colegio primario, y fue mi maestro y mi amigo, siempre me decía: "Orígenes, dones y fin". Uno viene de donde viene, trae algo consigo, y viene a hacer algo. Eso es lo que yo pienso. En tu caso será escribir, en mi caso es hacer cosas con las manos y hablar. Y eso es lo que trato de hacer. Cuando estaba en Derecho, casi dejé la carrera en el último año para pintar, porque a mí lo que me importa es la belleza, y por lo tanto la justicia y la verdad. Traigo unos dones desde que soy niño. Mi curriculum vitae de zapatero es que a los siete años dibuje un lobo: en primer grado nos hicieron dibujar a Caperucita y al Lobo feroz, todos mis amigos dibujaron cuatro rondeles con los dientes y los pelos, y yo dibuje la silueta de de un lobo. Dije: "Mierda, puedo dibujar". Eso es lo que yo traigo, como otros vienen bien para jugar al fútbol u otros para pensar las cosas. Entonces, cuando decidí meterme en Derecho, había cogido un camino que no era yo. Pensé en dejar de estudiar para dedicarme a pintar, pero seguí trabajando de abogado y estudiando. Sin embargo, durante diez años más seguí buscando. Cuando llegó el momento oportuno, cambié a la zapatería, no porque yo adorase los zapatos o porque fuera mi intención ser zapatero toda la vida, sino porque se me presentó la oportunidad de ser yo. El primer mundo que cambié es el mío.

LM: -¿Cómo se te presentó?

NV: -Yo iba buscando desesperadamente, era un tío bastante intenso. Busqué durante mucho tiempo. Y todo cae en su lugar. Cuando fui a dejar la carrera en último año, y ya pintaba un montón, llamé a Guillermo Kuitca, que tenía una beca en la Fundación Antorchas para artistas y no artistas. Había gente de mucho nivel, hasta Gachi Hasper estaba en esa beca. Lo llamé y me atendió la secretaria, pedí hablar con él, me dijo: "Te paso", y colgué, porque no tuve el coraje. Tal vez no era el momento. Pero seguí, y empezó a aparecer el diseño. Hasta que llegó un momento en que tenía que optar entre un LL.M. (Máster en Leyes) o una búsqueda más personal. Me acuerdo que me fui a mi provincia, (yo vivía en Buenos Aires). Me fui a pescar cinco días, con mi mochila y mi carpa, al Parque los Alerces, para pensar en este tema. Cuando volví, le dije a mi pareja de ese momento: "Mirá, después de que nos casemos, voy a aplicar para hacer un LL.M. en [la universidad de] Columbia". Y ella, muy sabia, me preguntó: "¿Eso es lo que te hace feliz?". Yo ya había empezado a ver zapatos, y le dije: "No, los zapatos me harían feliz". Y fue ese segundo. Ahí decidí que iba a dejar todo para hacer zapatos. Fue un segundo después de diez años de estar buscando intensamente.

LM: -¿Cómo fue que habías comenzado a ver zapatos?

NV: -Los zapatos se fueron presentando de a poco. Mi vida es un poco como aquellos jueguitos electrónicos que eran mecánicos, en los que tenías una tablet con un volante físico y tú tenías dibujado en una pantalla la punta de tu automóvil, el volante detrás y lo que venía era la ruta. Tú girabas el auto y lo ponías dentro de la ruta, o afuera. En algunos momentos yo he puesto la punta del auto fuera de la ruta, y ahí todo fue difícil. Pero cuando enderecé el volante y puse el auto en lo que yo soy, todo encontró su lugar. Lo que me decía Daniel -"orígenes, dones y fin"-, todo encontró su lugar. No es que desde ahí las cosas hayan sido fáciles, pero todo fluyó, porque era lo correcto. Por eso, para mí las cosas aparecen si estás atento.

LM: -¿Por qué creés que te costó tanto encontrarlo?

NV: -¡Ah, porque soy muy boludo! Cuando tenía nueve años podría haber entendido quién era yo. Me acuerdo que fuimos con unas familias amigas a pasar unos días al Parque los Alerces. Llegamos a un lugar que se llama Bahía Rosales. Era una pradera y había un arroyo que terminaba en un lago, era hermoso. Entramos y me capturó tanto la belleza entré que me convertí en eso: entré en comunión. Pero en el arroyo había unos chicos más grandes haciendo un dique. Y cuando lo terminaron, el arroyo se fue a tomar por culo. Toda la belleza de esa pradera se fue a tomar por culo en un segundo y, cuando pasó eso, me fui a tomar por culo yo, me destruyeron. Entonces me subí a una piedra y les empecé a soltar un speech que todavía me lo acuerdo. Y claro, como eso era bastante inusual, mi hermano y otros amigos se empezaron a reír de mí y yo me bajé de la piedra. No tuve los huevos. Ahí podría haber entendido quién era yo. A mi la belleza me importa, la puedo crear con las manos. Y además tengo una voz para decir. Yo pensaba que tenía suerte, pero luego me explicaron que puedo conectar con la gente a través de la palabra y de lo que hago. Ese soy yo y eso es lo que hice cuando tenía treinta y uno y decidí cambiar el rumbo. Me llevó veintiún años volver a subirme a esa piedra. Por eso en mi página web dice: "Once I step over a rock", porque es verdad: me paré arriba de una roca, para ser. Y esta es mi roca, yo aquí creo y digo algo.

LM: -¿Qué creés que es lo que pasa para que una persona, antes de encontrar su centro, deba deambular por tantos lados? ¿Creés que hay agentes externos que te van desviando?

NV: -Sí, claro. La educación, que es bastante mala. La educación te enseña datos y te lleva a una funcionalidad, pero no no te enseña a conocerte. Si yo tuviera hijos, no sabría cómo educarlos. Porque la Educación te prepara para una picadora de carne, para ser un producto, pero no para ser tú, no ayuda a que te conozcas. Entonces tienes que hacer un trabajo consciente desde que eres niño. Yo no lo hice, mi entendimiento llegó a los treinta y uno. Igualmente, el tiempo que pasó no es algo que perdí, es lo que soy y es mi aprendizaje; y no es por la educación, es por mí.
Cuando empecé a ser zapatero, yo trabajaba en un estudio de Abogacía muy bueno en Argentina, y me acuerdo que alguien me dijo: "Tú quieres ser artesano y eso está muy bien. Es muy lindo a nivel personal, pero después, ¿de qué vas a vivir?". Cuando lo escuché, me parecía una estupidez que él pensara que yo podría querer ser artesano. Mi madre tenía un negocio de artesanías, vendía las artesanías que hacían otros en Puerto Madryn, yo había visto la vida de los artesanos desde siempre. Y en mi familia, que es una familia de clase media y que no tuvieron la oportunidad de estudiar, uno de los miedos inculcados era tener la vida de una artesano. Entonces, cuando esta persona me dijo: "Tú vas a ser un artesano", yo pensaba: "Este tío es un boludo. ¿Artesano yo? Ni loco”. Pero me estaba yendo a Florencia a hacer un aprendizaje de artesano. Hice todo ese año y medio de aprendizaje, abrí este taller y si me preguntabas en ese momento: "¿Tú eres un artesano?", yo decía: "No, yo hago zapatos. Artesano no quiero ser". Y me di cuenta de que era artesano aquí, trabajando, como tres años después de haber abierto este taller. Dije: "Mierda, soy artesano".

LM: -¿Qué miedos tenías cuando estabas ejerciendo de abogado y pensabas: "Bueno, voy a dejar esto y me voy a ir"?

NV: -Cuando me planteaban: "Eh, ¿de qué vas a vivir?", yo sabía que iba a hacer esto. Lo sabía. Alguien me dijo: "Bueno, tú vas en un avión y vas a parar en el aeropuerto A, pero si pasa cualquier cosa, ¿cuál es tu aeropuerto B?", y yo le dije: "No hay aeropuerto B. Yo voy a hacer eso". Esa es la intuición. Y lo hice, no estaba equivocado. No me cabía ninguna duda. Hasta tuve un accidente, me quemé un pie y estuve medio año parado, pero sabía que lo iba a hacer. Estaba en el hospital y decía: "Me tengo que ir, tengo que ir a hacer lo que vine a hacer". Nunca tuve miedos, porque sabía que esto era lo que tenía que hacer. Yo siempre fui intuitivo: cuando tenía quince años quería tener cuarenta, porque sabía que iba era mi momento. Cuando a los treinta y uno, y tomé la decisión de convertirme en zapatero, lo hice para ser feliz a los cuarenta.

LM: -¿Qué es lo que sentías cuando te despertabas a la mañana a los veintipico de años?

NV: -"¿Qué carajo estoy haciendo?". Me duchaba, desayunaba, caminaba al metro, e iba rezando. Yo siempre tuve una búsqueda espiritual. Cuando tenía siete años meditábamos en Puerto Madryn. Mi madre era de una fuerza espiritual muy grande, y siempre nos inculcó eso. He pasado etapas hasta de misa diaria, pero por esta búsqueda, no por un fervor religioso católico. En la desesperación uno se agarra de un clavo ardiendo, de lo que venga. Entonces, me iba al estudio, e iba rezando el Ave María para encontrar eso que tenía que hacer, me preguntaba todos los días: “¿Qué carajo estoy haciendo?”. Yo tenía buenas capacidades intelectuales para ser abogado, pero no me interesaba, no iba a matar por ser abogado. Pero por esto sí. Iba a romper el mundo antes de que yo no hiciera zapatos.

LM: -Sabías que había algo por lo que ibas a matar, pero todavía no sabías que existía ese algo.

NV: -Ese algo estaba en la piedra de cuando tenía nueve años. Pero me di cuenta de eso aquí, en este taller, y no hace muchos años.

LM: -¿Qué te decían tus amigos cuando finalmente ejecutaste la decisión de renunciar y de tomarte un avión a Florencia?

NV: -Para ellos fue una sorpresa, creo que no entendían. Si miro para atrás, con el diario del lunes, te puedo decir que siempre ha habido hitos, han aparecido señales que me decían: "Ey, no vas por el buen camino". Una de esas señales, que es fantástica, es que el primer trabajo que hice, cuando entré en el último estudio de Abogacía donde trabajé, era ir a la provincia de Córdoba y comprar unas marcas de zapatos, que eran de la marca Cerro. Entonces, me presenté en la quiebra de la empresa y firmé un escrito que decía: "Norman Vilalta, de profesión: zapatero, ofrece comprar las marcas". Ahí estaba un hito, yo no creo en las casualidades: he conocido a la gente justa en el momento justo.
Se trató de poner la trompa de mi auto en la ruta, y en la ruta está todo. Esa es mi visión de cómo es la vida: uno pone su barco en el río o lo pone en la costa; en la costa no avanzas y en el río avanzas. Cuando estás en el río aparecen cosas. Y eso de “Norman Vilalta de profesión: zapatero”, sin yo haber ni empezado a mirar zapatos, para mí es un símbolo.
Volviendo a la pregunta de qué pensó mi entorno, que eran todos abogados, y bueno, era difícil entender para ellos. Mis jefes me decían: "Bueno, vas a Florencia a hacer esto del arte, pero si quieres volver, te cuidamos el lugar". Pero yo sabía que no volvía. Es raro. Ahora mis amigos me vienen a visitar y entienden perfectamente qué es lo que yo quería hacer.

LM: -¿Y tu familia?

NV: -Yo tuve mucha suerte, mis padres son maravillosos, los dos. Yo no tengo hijos, ni creo que vaya a tener, pero el ejemplo del amor lo tengo de mis padres, del sacrificio. Uno cuando es niño no hace mucho esfuerzo, es y ya está, y los que tienen que hacer el esfuerzo son los padres. Y los míos lo hicieron siempre. Cuando les dije que me iba a Italia, claro, se despertaron muchas cosas que estaban en su vida y no en la mía. Por ejemplo, que sus padres eran inmigrantes y nunca volvieron a Italia, como en el caso de mi madre. Entonces, ellos lo vivieron como algo doloroso. Pero lo que es impresionante es el amor, siempre nos dieron, a mi hermano y a mí, la libertad y las oportunidades que ellos nunca tuvieron. Y no es que lo hicieron muy fácilmente, se sacrificaron de una manera enorme. Entonces esto fue un sacrificio más, esto de alejarnos, pero siempre me apoyaron. Les dolió mucho, no por el estudio y la carrera -porque ellos sabían quién era yo desde el principio-, sino porque no íbamos a estar tanto en contacto. Sobre todo porque cuando estás comenzando con un emprendimiento como este, lo que no sobra es el dinero, yo he dormido aquí en este taller, entonces no es que yo podía ir mucho. Eso evidentemente lleva un sufrimiento, pero hoy mis padres me ven y están muy contentos, porque estoy haciendo lo que tengo que hacer.

LM: -Lo que vos hacés, de la manera en que lo hacés, en Argentina no existe.

NV: -Sí, hay zapateros. Por ejemplo, están en Buenos Aires unos amigos que tienen una casa muy vieja, que es Correa Bottier.

LM: -Donde vos empezaste.

NV: -Yo estaba buscando y ahí tuve la confirmación de que existía la artesanía de zapatos. Pero ellos me dijeron que siguiese con la profesión de abogado, que ahí me va a ir mejor. Claro que yo no estaba de acuerdo, pero insistí y me dijeron: "Mira, esto se aprende desde muy pequeño. Yo no te puedo enseñar, no soy una escuela, pero vente aquí", y me abrieron la casa. Iba los sábados a ver cómo trabajaban, a practicar algunas cosas.
En Argentina hay gente que hace zapatos, en Correa Bottier lo hacen a mano, y lo hacen muy bien. También hay boteros de polo, muy famosos. Los mejores boteros de polo son los de Casa Fagliano en Hurlingham. Pero no hay un mercado. Tú piensa que hace quince o veinte años solamente había siete casas en el mundo que hacían esto. Ahora ha habido una vuelta a la artesanía y hay muchas más, pero antes eran tres en Londres, dos o tres en París y lo mismo en Italia. Hablo de este nivel de zapatería, porque zapatos a mano siempre hay más gente que hace. En Argentina posiblemente no haya algunos recursos para hacer esto, como las pieles o la técnica.

LM: -Sobre eso iba a la pregunta acerca de Argentina, sobre este nivel de zapatería. Y si bien lo descubriste tarde, hoy jugás en la liga más alta del mundo. ¿Cómo se lo toman tus papás? Me decís que están contentos, pero ¿se han interiorizado en el tema? ¿Cómo lo viven?

NV: -Los dos son muy distintos. Mi madre es una mujer que tiene una sensibilidad enorme. Ellos lo entienden, pero son padres, entonces no son tan objetivos. Mi padre tiene una gran inteligencia. Pero bueno, ninguno de los dos tuvo la oportunidad de estudiar en un secundario: mi padre trabajó desde los seis años y mi madre desde los doce o trece. De todas formas, están felices, les encanta lo que hago.
Claro que al principio estaban preocupados por verme sufrir, pero cuando ven que funciona, los padres siempre apoyan. Mis padres no tienen un mandato social de "Tú tienes que ser abogado, ingeniero o un tío de negocios". Ellos quieren que seamos felices. Entonces, hagas lo que hagas, que seas feliz. En mi casa se enseñó una ética, que es la del esfuerzo y el trabajo. Mientras hagas eso, ellos estarán felices: mientras te esfuerces, seas bueno trabajando y honesto, ellos estarán completamente realizados.

LM: -Me decís que en algún momento vieron que la estabas pasando mal.

NV: -Bueno, mal nunca la pasé. Todos tenemos problemas y eso. Pero como no racionalizo las cosas, creo que nunca la pasé mal. Sí he tenido momentos, rupturas, angustias y eso, pero siempre estuve seguro de lo que estaba haciendo.

LM: -Voy a ir a algo un poco más terrenal. Cuando estabas en Buenos Aires y te querías ir a Florencia, ¿cómo lo planificaste económicamente?

NV: -Yo en ese momento estaba en pareja, me casé y luego me terminé divorciando, porque, claro, era difícil para mi ex esposa aguantar a un tío como yo que se lanza dieciocho horas por día a hacer esto y que no le importa nada más.

LM: -¿Ella vino con vos?

NV: -Ella vino conmigo a Italia y luego aquí a Barcelona, donde nos separamos. Económicamente, me arreglé con ahorros. Y viví muy justo durante muchísimo tiempo.

LM: -En los talleres donde fuiste aprendiz, ¿no cobrabas un centavo?

NV: -No, cuando aprendía no cobré. Esa es la manera de aprender. Porque, primero, te están entregando conocimientos muy valiosos; y segundo, no sólo que no eres productivo, sino que al contrario, consumes recursos. Si hay un aprendiz aquí, consume muchísimos recursos míos. Yo no lo evaluó así, pero debería hacerlo. Tú piensa lo que puede valer mi hora de trabajo, ¿no? Esa hora volcada e invertida en un aprendiz tarda muchos años en darte un rédito. Tampoco es algo que se hace pensando sólo desde lo monetario. Pero si lo quisiéramos pensar de ese modo, sí, es una inversión muy grande. Entonces cuando yo estaba en el lugar de aprendiz, los dueños de los talleres y los jefes de los zapateros estaban invirtiendo en mí, y quizás algunos no tuvieron un rédito con eso.
Yo vivía muy austeramente, no necesitaba mucho, sólo la oportunidad para aprender.

> Parte 2: El cuarto elemento

 

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